Martes, 22/1/2019   Paso de los libres
   Corrientes - República Argentina
 
VOTAR EN CONTRA DE SI MISMO
¿Bolsonaro ya gobierna en la Argentina?
La pregunta misma sobre ¿por qué votar en contra de sí mismo?, si se limitase a la retórica, constituiría un preconcepto, una sentencia sin fundamentos que permitan comprender los sucesos.


Los fascistas del futuro no van a tener aquel estereotipo de Hitler y de Mussolini.
No van a tener aquel gesto duro militar. Van a ser hombres hablando de
todo aquello que la mayoría quiere oír.
Sobre bondad, familia, buenas costumbres, religión y ética.
En esa hora va a surgir el nuevo demonio,
y tan pocos van a percibir que la historia se está repitiendo”.

Falsa cita de José Saramago
Desmentida por la Fundación que lleva su nombre




Como capas de una cebolla, ante resultados electorales como el de la Argentina de 2015, o los del pasado 7 de octubre en Brasil, aparecen “razones” que subyacen a otras explicaciones, estudios, prejuicios y sobre todo, reverdece el sufrimiento de quienes ya padecieron las consecuencias funestas de aquel comportamiento electoral o las perspectivas de lo que podría venir.

La pregunta misma sobre ¿por qué votar en contra de sí mismo?, si se limitase a la retórica, constituiría un preconcepto, una sentencia sin fundamentos que permitan comprender los sucesos. Desconocería, por ejemplo, que en 2017, ya era raro no conocer un chico o un joven del Morro da Cruz, la mayor periferia de Porto Alegre, que no fuese admirador de Bolsonaro, a quien pensaban votar, convertido en un fenómeno, en un “símbolo totémico de identificación juvenil masculino, similar al papel que Nike o Adidas”, desempeñaban en tiempos de crecimiento económico y defensa gubernamental del consumo por parte de quienes menos tienen, un proceso desarrollado por Lula y su Partido de los Trabajadores, según el estudio de las antropólogas Rosana Pinheiro Machado y Lucía MuryScalco.

La respuesta más sencilla a la interrogante podría ser que se vota de ese modo “porque no se sabe que es en contra de sí mismo”. Y porque “cambiar” (en la Argentina poskirchnerista) siempre es bueno, o porque un “mesías” (brasileño), inevitablemente, debe mejorar la situación, sobre todo de aquellos mismos despojados, ya que así lo dicen los “evangelios”, y lo confirman los militares.

Por ambas cosas, un sector de los afrobrasileños, de las mujeres, de los homosexuales, de los trabajadores, de los jubilados…, colocaron al borde de la Presidencia de la República Federativa de Brasil a Jair “Mesías” Bolsonaro, racista, misógino, homofóbico, defensor de la tortura, que quiere terminar con las paritarias, considera una “excentricidad” al aguinaldo, pretende suprimir el derecho a las vacaciones y a las indemnizaciones por despido y se propone privatizar las jubilaciones, ya que no se puede “gastar” en esa franja sociolaboral.

Por ambas cosas Mauricio Macri se instaló en la Casa Rosada el 10 de diciembre de 2015, cuando logró trepar hasta el 51,34% de los votos, desde su techo del 34,15% de la primera vuelta electoral del 25 de octubre del mismo año. Lo consiguió anunciando que haría todo lo que no hizo durante su gestión y que no haría todo lo que hace, esta política que sumergió en la miseria, la pobreza, el hambre y el frío a las mayorías argentinas, causando la mayor cantidad de daño socioeconómico en menos tiempo de la historia constitucional argentina. Y lo logró también en base a criticar al gobierno que produjo la mayor redistribución de renta desde la década peronista de 1945 a 1955.

Cuando los resultados brasileños del domingo 7 de octubre confirmaron la estrella del hombre de la contradicción entre los militares nacionalistas y los ultraliberales de la escuela de Chicago, algunos se preocuparon por lo que podría suceder en la Argentina, guiados por el viejo mito de que el brasileño es un reloj argentino que adelanta. Sin embargo, un análisis más serio aunque no menos pesimista, indica que Bolsonaro ya gobierna la Argentina desde diciembre de 2015, el Bolsonaro posible en un país con historia peronista, clase media desarrollada, sindicatos fuertes, movimientos sociales con capacidad organizativa y control de calle, sostenido rechazo transversal a la dictadura cívico militar y un movimiento de género convertido en factor de poder, también por encima de las adscripciones partidarias.

La economía, sobre todo la de todos los días, la que se siente, en el bolsillo y hasta en el estómago cuando las cosas se agravan, juega un papel determinante en el comportamiento electoral, aunque sus efectos no necesariamente son reflejos ni inmediatos. La Argentina posapocalíptica que heredó Néstor Kirchner en 2003 tenía una desocupación formal del 21%, una pobreza del 57,5%, con una indigencia del 27,5% y, por ejemplo, el consumo anual de carne vacuna por persona era del 59,3%. En 2007 había saltado hasta los 69,9 kilos.

En 2015, cuando Cristina Kirchner dejó la Presidencia, la situación, medida a partir de cualquiera de los parámetros que se eligiesen, era mucho mejor que la inicial, aunque en un marco de deterioro económico producido en los últimos años de su mandato, producto de los límites del “modelo” elegido por la pareja presidencial que vino del Sury por las crisis internacionales que impactaron en las economías de los países dependientes, como lo es la Argentina.

En general, las sociedades determinadas por el capitalismo no comparan su presente material con los indicadores del inicio del proceso de mejora de sus consumos (en este caso 2003) sino contra el pico de “bienestar” (por ejemplo 2010). Si en una familia se comían4 milanesas semanales, subió a 10 y después bajó a 7, lo que se registra no son las 3 milanesas más sino las 3 menos… Un cálculo de carnicería que grafica operaciones tan profundas como no conscientes de la psiquis de quienes eligen o descartan candidatas y candidatos.

Ese es el comportamiento del ser humano dentro del sistema socioeconómico imperante, el de “suma y sigue”; cuando se llega a la subidita de una loma, se quiere escalar la siguiente, más alta.

Medios y mucho más

Mauricio Macri, presidente de un club popular de fútbol, se convirtió en Presidente de la Nación a pesar de ser gerente de uno de los grupos económicos más beneficiados por los negocios generados durante la última dictadura cívico militar, condenado y exculpado por prescripción como contrabandista, referente de la cartelización y los sobornos durante todos los gobiernos constitucionales argentinos desde 1983. Desde ese momento la mitad de los analistas analizan el “milagro” por el cual la derecha ultraliberal pudo llegar al gobierno nacional por elecciones; la otra mitad se rasga las vestiduras “progresistas” y reniega de “los pobres que votaron en contra de sí mismos”.

Desde las carteras costosas de una ex presidenta hasta el peso decisivo del Grupo Clarín y el conjunto concentrado de medios; desde los globitos amarillos hasta los límites de un modelo que no transformó las estructuras básicas que oprimen a las mayorías ni tomó parte de los recursos de las corporaciones concentradas de la economía, se plantean a diario como variables de lo que no sucedió y del desastre económico y social que sí sucede en el presente. Mesías Bolsonaro y el estrépito del apoyo logrado reinstala dudas, dilemas e ignorancias argentinas.

Los medios de comunicación, obvio, juegan un papel extraordinario. En un sistema capitalista, la ideología que domina es la de los grupos dominantes; a través de los aparatos de esos grupos comunicacionales circulan los contenidos de ese mecanismo inconsciente que se pone en funciones desde el día mismo del nacimiento, el que impone y naturaliza que el pobre es “menos” que el rico, la flaca tiene un modelo estético mejor que el de la gorda, el del alto que el del petiso, el negro es peor que el blanco, y así… hasta el fin de los prejuicios, que sentencian sobre “lo bueno y lo malo”, lo “correcto y lo incorrecto”, lo lindo y lo feo” y, sobre todo, acerca de lo valioso y útil y “lo inútil y peligroso”, casi casi, el “vago y malentretenido”, del Juan Moreira, el de Favio más que el de Eduardo Gutiérrez.

Los medios de comunicación son los vehículos que distribuyen esa visión.Los consumidores de sus productos degluten no solo curvas de mujeres hermosas, peripecias de inspectores y forenses, gambetas y atajadas de equipos de fútbol, penurias novelescas o… debates políticos, en realidad mastican y digieren aquel modelo pautado de consumir y vivir, que disimula los mecanismos del empobrecimiento.

Ese mundo comunicado hasta hace pocos años se circunscribía a los medios. Las nuevas tecnologías de distribución y recepción de “datos”, “noticias”, “imágenes”, series, música, generaron un espacio aún más veloz de contacto y, sobre todo, mucho menos controlado de veracidad. El 60% de los votantes de Bolsonaro en primera vuelta se “informan” -de manera exclusiva- por “WhatsApp”, un vehículo al alcance de todos, más cuando más joven se es, a través del que, cualquiera, puede asegurar que los rivales de determinado sector partidario van a secuestrar a los chicos del barrio para encerrarlos en mazmorras adoctrinadoras, anunciar el restablecimiento del “derecho de pernada” medieval, el retiro de los planes sociales o, por el contrario, asegurar que determinado candidato va a distribuir pantallas Smart de 50 pulgadas para cada vecino. En el caso brasileño con el sostén del complejo ideológico, movilizador y comunicacional del sector evangélico pentecostal.

Sin criterios de verdad, sin datos, sin comprobación, se tiran honras a los perros, se viralizan y se convierten en “certezas” que, también, influyen sobre el comportamiento electoral de sectores importantes del electorado. Las redes “sociales” constituyen el complemento del accionar de la banca transnacional en el mecanismo de dominio de un mundo como el del presente.

Cultura del descarte

En su actual fase financiarizada, al capitalismo le interesa más que las sociedades consuman a que produzcan; en consonancia, el trabajo no constituye una forma de generar bienes y obtener un salario que permita satisfacer el conjunto de necesidades, apetencias, deseos de todas las mujeres y hombres en capacidad de ejercitarlo.

Una vez más son los medios los encargados de distribuir esa visión. Miles de millones de personas de todas las edades, religiones, géneros, condiciones económicas, comprando cualquier tipo de bienes, servicios e inutilidades en el mundo entero, testimonian el “éxito” del Capital en convertir el consumo en “aspiración fundamental de la sociedad”.

Sin embargo, el consumismo no es una ventaja, un bien, una superación de los problemas de la sociedad; por el contrario, encarna una enfermedad del capitalismo.
El fraile dominico brasileño Frei Betto, teólogo de la liberación reconocido mundialmente, considera que la mayoría de los recientes gobiernos de la región permitieron que “la gente haya mejorado de vida. Los pobres tuvieron acceso a bienes personales, como celulares, computadoras, hasta coches”. Piensa sin embargo que “no se garantiza el apoyo popular a los procesos dando al pueblo sólo mejores condiciones de vida, porque eso puede originar en la gente una mentalidad consumista” y es necesario desarrollar en simultáneo un “trabajo político, ideológico, de educación, sobre todo en los jóvenes”.

El elemento “consumista” forma parte del conjunto de variables que determinan el comportamiento electoral, en poblaciones de las características descritas por Betto. En países que vienen de procesos beneficiados por economías inclusivas, parte de esos sectores, a partir de la pérdida parcial del poder adquisitivo alcanzado bajo esas administraciones, protestas, se desencantan, siguiendo el “ejemplo de las milanesas”y, por último, cambian el signo de su voto, tratando de seguir el Norte del tener y no la meta del “ser”.

En esa dirección, el ya citado estudio de la periferia de Porto Alegre sostiene que “se podría inferir que la pertenencia bolsonarista (del sector juvenil analizado) tiene una de sus raíces en el propio modelo de desarrollo lulista, “centrado en la capacidad individual y el consumo. Y no en el cambio estructural de los bienes públicos vinculados a un proceso de movilización colectiva”.

Participación, movilización, organización

Solo la práctica consciente permite, primero, comprender la trampa que impone el sistema; después, evitar, al menos parcialmente, sus consecuencias.

En términos sociales, participación, movilización y organización (populares) constituyen las herramientas con capacidad para contrarrestar las imposiciones ideológicas del sistema, del mismo modo que contribuyen a la acumulación política que fortalece a los sectores que defienden los intereses de empobrecidos y marginados y se rebelan contra las injusticias.

Esas “prácticas” son las que posibilitan la batalla, por dispar que sea, contra la cultura dominante, contra el “sentido común” dominante, en el marco de la disputa por la construcción de sentido; instituyen la diferencia entre los productos de un proceso histórico determinado, y no un mero conjunto de afirmaciones “verdaderas”, “dadas”, “naturales”, que “siempre fueron de ese modo” y “siempre lo serán”.

El sentido común dominante, la ideología dominante, son la forma de concebir el mundo, la sociedad y el modelo de producir de la clase dominante, del bloque social dominante en ese momento histórico. Es decir que el conjunto social comprende su realidad con la visión del sector minoritario que tiene en sus manos el control del aparato ideológico, productivo, económico y financiero que, además, determina la cultura y sus expresiones.

Sin embargo, la presencia de un bloque dominante, implica la existencia -mayoritaria- de los dominados y la puja entre ambos sectores genera una dinámica de tensiones, en cuyos resquicios anidan las posibilidades de transformación.

Cuando las condiciones, las correlaciones de fuerza y las fortalezas de los despojados se organizan y avanzan sobre las lógicas de explotación, las transformaciones profundas están más cerca. En la Argentina lo saben los centenares de miles de movilizadas y movilizados por todo tipo de injusticias en su contra, y se lo hicieron sabes al gobierno del presidente Macri que, con su nave escorada, debió abrazarse a la soledad del palo mayor que le arrimó el FMI.

El “Bolsomito” puede llegar a comprobarlo en poco tiempo; aunque los plazos electorales sean cortos, el camino de la Historia y de sus pueblos, es tan paciente como implacable.


Martes, 16 de octubre de 2018

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